Contexto de ese momento en mi vida: casi 3 meses yendo a terapia semanalmente, alejada de una de mis mejores amigas porque trabajar juntas salió muy mal, me quedé fuera del proyecto laboral que había iniciado con mi pareja, (el mismo donde estaba mi amiga, ellos continuaron trabajando juntos), ahora trabajaba de manera remota con una agencia de Marketing digital en Los Ángeles que pagaba las cuentas, pero todo parecía un poco mecánico e irónicamente un poco desangelado. Los Ángeles, desangelado, (inserta sonido de batería para mí)
Mi relación de 7 años estaba al borde del colapso y se respiraba tristeza en cada rincón de nuestro hogar y nuestro ser. Y la cereza del pastel era que claro, una pandemia mundial seguía presente y había cambiado el mundo como lo conocíamos. Todos intentábamos retomar nuestras vidas, pero todo parecía muy extraño y bizarro todavía.
Sin perder del todo la esperanza, pensaba en todo lo hablado en terapia, Paola mi terapeuta, me decía que me enfocará en mí más que en salvar la relación, que dejara de ver lo que hacía o no el de a lado para concentrarme en mis emociones. Me dijo, “trabaja en ti, ámate a ti, la persona que es para ti, agarrará la onda y trabajará en sí misma y vibrarán en una frecuencia diferente juntos”.
Llevaba muchos meses sintiéndome “loca, exagerada e invisible”, invalide mis emociones y deje que los demás lo hicieran también. De las primeras lecciones que tuve que aprender fue: todo lo que sientes es real y se trabaja a partir de eso.
Todavía me pregunto cómo fue que compré ese boleto de avión a Oaxaca, no era muy “Paulina” tomar una decisión como esta, más cuando estaba acostumbrada a que todo fuera en pareja. Nunca me había planteado hacer un viaje así, aunque sé que hoy en día miles de mujeres recorran cientos de países solas; creo que como mujeres a veces nos detiene mucho el tema seguridad; pero ya había estado una vez en Oaxaca y fue una de esas ciudades que me hizo sentir segura. Algo me dijo que era un lugar perfecto para escapar un rato y lo fue.
Un día antes de subirme al avión me dio un ataque de ansiedad, ¿Por qué estaba haciendo esto? ¿Qué estaba pensando? ¿Qué iba a hacer sola en una habitación y comiendo sola en restaurantes? Mil preguntas en mi cabeza, pero sabía que ya no había vuelta atrás.
Tomé ese avión, (lo hice muy bien en el vuelo, porque sorpresa, sorpresa, soy muy mala volando) pero también hablé de ese tema con mi terapeuta y ayudó muchísimo. Llegué a Oaxaca y después de instalarme, me puse guapa y salí a comer, ya había anotado varios sitios que quería visitar. Una margarita y comida istmeña fueron la combinación perfecta para darme la bienvenida. No te voy a aburrir con la bitácora completa, pero caminé por el centro, comí tlayudas, tamales, tomé una de las experiencias de Airbnb y por eso tengo estas increíbles fotos para mostrarte, aunque cuando las veo puedo ver mi tristeza en ellas. Tomé chocolate caliente, mezcales en una de esas terrazas que te enamoran con sus vistas. Visité una chocolatería, una librería local, por supuesto me arreglé para tener una cita muy importante con la estrella de Oaxaca: el mole. Me fui a un tour de todo el día para conocer Monte Albán y San Bartolo Coyotepec. Conviví con la amiga de una amiga, porque esos encuentros y pequeñas nuestras de hospitalidad también son bonitas. Y por supuesto, una noche me fui a caminar y disfrutar unos exquisitos Tostiesquites, PORQUE delicia culinaria.
Me di cuenta de que en lo absoluto me sentía incómoda entrando sola a un restaurante, paseando, caminando y existiendo sin compañía, fue refrescante descubrir que me sentí muy en paz conmigo misma, a pesar del turbulento momento que estaba atravesando.
En casa siempre me ha gustado darme espacio y estar sola, es algo que genuinamente me gusta, pero hubo algo mágico en hacerlo fuera de mi ciudad y mi zona de confort. Fue bonito tener estos momentos de disfrutarme, escucharme, armar mi propio itinerario, tomarle fotos a todo, pedirle a un extraño que me tome una foto. Genuinamente, Oaxaca fue una curita en mi vida cuando más lo necesité, un empujón, aire fresco, un abrazo en el alma que te dice, todo va a estar bien, aunque ahora mismo nada tenga fucking sentido.
No vengo a decirte que después de ese pequeño viaje, todo fue increíble porque no lo fue. Vinieron muchos meses de lágrimas y mucha tristeza, pero me quedo con esto que escribí en el avión de regreso a casa.
Oaxaca fue un regalo de mí para mí, un regalo que decidí darme para recordar cuando sea necesario que alguna vez fui capaz de levantar las alas y volar a otro cielo. Recordarme que no soy solo esas piezas rotas, un corazón en duelo, esa mujer insegura y llena de dudas que se cuestiona todo una y otra vez.
Tal vez la vida era más simple cuando pensaba que mi verdad era absoluta, cuando no recordaba que el corazón podía doler tanto y que era posible sentirlo en cada respiración.
Oaxaca fue demostrarme que soy fuerte, valiente, aventurera, que no soy la sombra o solo la pareja de alguien. Fue bonito descubrir qué decisiones tomaba al estar sola, cuáles serían mis opciones para comer, visitar, vestirme.
Me sentí como en casa esos 5 días, porque contra todo pronóstico: soy mi propia casa.
Soy mi hogar, me nutro y me protejo. Nadie más. Yo me decoro y escojo mis colores diariamente. Yo creo mis reglas, las rompo y de vez en cuando haga trampa.
No importa donde esté porque soy mi propio hogar. Soy mi madre, mi padre, mis hermanos y el amor que he recibido de los demás. Un amor que me sostiene y me hace anclarme a una raíz poderosa que me llena de fuerza.
Este blog post es para recordarte que sigas tu corazón, que en los momentos más grises siempre hay un rayo de esperanza, que viajar sola puede ser una bonita manera de conectar contigo y que jamás olvides que eres tu propio hogar.





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