He aprendido a dejar los platos sucios, las conversaciones inconclusas o un libro a medias.
A dejarme abatir por la realidad y escurrirme entre las sábanas.
He entendido la importancia de decir no puedo, no quiero o a mi alma no le apetece.
He aprendido a dejar que el mundo arda, hacerme a un lado y permitir que lo que tenga que suceder suceda, que las lágrimas caigan y los corazones se rompan; porque a veces, no queda más que observar como todo lo que creía invencible se convierte en cenizas.
Me dejo vencer de vez en cuando para reconocer mi fragilidad y descubrir mis rincones más vulnerables.
Convivir con ellos, servirles una taza de café y mirarlos a los ojos, porque justo ahí, en ese duelo de miradas, están las verdades, las carencias, la tristeza, pero también la fuerza que necesito para levantarme.
Justo ahí, está la afirmación de lo que soy y la claridad de lo que no quiero ser.
Mi amor propio no está hecho de puras virtudes, grandes logros, paredes indestructibles y brillantina.
Mi fuerza se ha construido a base de batallas, heridas con sal, montañas rocosas y abismos inconsolables.
Estoy en paz con mis tormentas, en paz con las esquinas rotas de mi alma, en paz con mi caos.
Paulina Alcocer.

Deja un Comentario