Apenas terminé de leer el libro “Not that kind of girl” de Lena Dunham aunque en mi caso leí “No soy ese tipo de chica” porque se acabaron las copias en inglés; y aunque no es el idioma original quedé fascinada con sus historias, por su humor y sobre todo por su sinceridad.
Me gustaron muchísimas historias del libro y me sentí identificada en más de una, pero cuando leí esta parte sobre algunas cosas que admiro de los hombres pero también de lo mucho que me encanta ser mujer, pensé no pudo haberlo descrito mejor y el texto dice algo así:
He envidiado algunas características masculinas, no a los hombres en sí. Envidio la facilidad con la que parecen desempeñar su labor profesional: el hecho de que nunca se disculpen, que no se desvivan para tener la seguridad de que la gente que los rodea se siente cómoda con lo que están intentando hacer. El hecho de que la mayoría de las veces no tengan esa necesidad de complacer a la gente, que es algo que siempre me ha parecido una maldición en mi existencia femenina. He visto a hombres pidiendo la cena en un restaurante, o pidiendo un vino de mierda y pan extra con una confianza de la que yo jamás podría hacer gala, y he pensado que debe ser un gustazo. Pero también considero que ser mujer es un don único, un regalo divino, en un sentido tan profundo que soy incapaz de expresarlo. Es un privilegio especial haber nacido en el cuerpo femenino que querías, abrazar la esencia de tu sexo a pesar de ser consciente de a qué te enfrentas. Incluso aunque intentes redefinirlo.
Sé que cuando esté al borde de la muerte, echaré la vista atrás, y lo que lamentaré será haber discutido con ciertas mujeres; mujeres a las que pretendía impresionar, comprender y que me torturaron. Mujeres a las que desearía volver a ver, para verlas sonreír, reír y decirles: «Todo ha sido como tenía que ser».
