Crecí con la idea de que mi corazón estaba destinado a pertenecerle a alguien más. Todas las películas, libros y canciones de amor lo dicen: “te doy mi corazón, mi corazón es tuyo o eres el dueño de mi corazón”. Todo habla de entregar el corazón, pero yo siento otra cosa.
Mi corazón es mío, vivo con él, lo he alimentado de ilusiones, cariño y palabras bonitas. He estado ahí cuando alguien lo ha lastimado; lo he curado y he visto flores crecer entre las grietas. He sentido sus tristezas más grandes y me he dado el tiempo de pegar esos cachitos que se han roto con los años.
El corazón es un órgano vital, pero también llamo corazón a esa fuerza y fuente inagotable de amor que todos llevamos dentro; la suma de memorias, sentimientos y emociones que guardamos en el pecho y uno de mis grandes descubrimientos como mujer adulta es que mi corazón tiene cajones, cajones donde guardo todos esos amores, desamores, decepciones y todo el dolor. Cajones chiquitos, cajones grandes, cajones que duele abrir, cajones que guardan amor, otros que guardan resentimiento. En cada cajón guardo memorias, historias, personajes, algunos memorables otros no tanto.
Antes pensaba que todas mis relaciones pasadas se considerarían errores hasta que llegara el “gran amor”. Cuando esto sucediera, el pasado se anulaba y hasta debía sentir un poco de vergüenza por haber dado mi tiempo y amor a esos personajes raros del pasado, y sí, no lo niego, a veces he sentido que desperdicié mi cursilería en quien no debía; pero la realidad es que el corazón tiene sus tiempos y estaciones, también madura y aprende a amar mejor y más bonito. Hay amores que te preparan para los siguientes o que incluso, hacen que te ames más a ti misma, te empujan a limpiar a conciencia, a barrer esos rincones y a cerrar ciertos cajones con doble candado sin mirar atrás.
Pero lo más importante, es que he aprendido a ser la dueña de mi corazón, a olvidar esa “promesa” de entregarlo o regalarlo como prueba de amor, he decidido que quiero ser la propietaria y que como dueña, todos esos cajones me corresponden.
Yo decido qué abrir y qué guardar, decido cuáles son públicos y cuáles son privados. Algunos amores se ganaron a pulso su cajón, a otros les di más espacio del que realmente necesitaban, pero al final del día me siento orgullosa de haber amado y de haber sido amada. De haber entregado, pero también de haber sido el destino final de ciertos amores incomprendidos.
El corazón es así, complejo, lleno de recovecos y pasajes secretos. Todos tenemos derecho a ese mundo interno, a esa lista de amores que en algún momento tuvieron sentido, aunque hoy parezcan tan lejanos.
Todos tenemos cajones y está bien, tenemos espacio para eso y mucho más.
Paulina Alcocer.

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